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1922
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Calificacion 5.4
Género:

Action

País: Estados Unidos
Duración: 101 min.
Año: 2017
Director: Zak Hilditch
Reparto:
Thomas Jane, Molly Parker, Neal McDonough, Brian d'Arcy James, Dylan Schmid, Kaitlyn Bernard, Nikolai Witschl, Bruce Blain, Bob Frazer, Graeme Duffy, Patrick Keating, Spencer Brown, Danielle Klaudt

1922

1922
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En el año 1922 un orgulloso ranchero asesina a su mujer con la ayuda de su hijo adolescente. Lo que nunca se habría imaginado es que un grupo de ratas acabaría atacándoles, llegando al punto de convencerse a sí mismo de que está siendo acechado por su esposa muerta. 1922

Critica:
«En 1922, la valía de un hombre se medía por lo que era de su propiedad».

Una profética sentencia abre este relato corto con sinceridad abrumadora y naturalidad inquietante, como dicen sus propios protagonistas, «sobre las cosas que pasan en ninguna parte».
La localización pasa a ser entonces un elemento primordial, un limbo que autocontiene todas las primarias emociones que viven sus habitantes, en una de esas granjas del medio oeste donde el progreso llega tarde, si es que llega alguna vez.

‘1922’ es historia de pecados mundanos.
Leves rencores, pequeñísimos detalles, soterradas venganzas maduradas al fuego lento del calor rural, a veces precipitadas por una mala palabra o una quietud mortal.
Herramientas habituales de esa otra persona que vive dentro de todos nosotros, cuenta Wilfred, un monumental Thomas Jane que mimetiza a la perfección el hombre rural del siglo pasado, respetuoso de la costumbre y amante de su familia, ligeramente inquieto por esos grandes propietarios que vienen a comprarle su estilo de vida.

Para él, vender significaría rendirse a la evidencia de que su existencia ya no aporta nada, y tendría que mezclarse con la gente de ciudad, ese pozo de miseria moral donde todos han perdido su individualidad, su propiedad (medio hombres se les podría llamar).
Su esposa Arlette, sin embargo, no comparte sus ideas, y ve la posible venta como una gran oportunidad: alejarse de ese pozo inmundo en medio de la nada, con dinero suficiente como para asimilar el ritmo de la gran urbe, una adecuada recompensa a esos años de malgastar belleza y juventud con un paleto cualquiera.
Entre medias, su hijo Henry, atraído por las promesas de su madre pero reciamente atado a los valores del padre, atesorando los pocos momentos plácidos que tiene con su vecina Shannon, fantaseando con una vida común donde no tengan que esconderse en el trigo para darse cariño.

La atmósfera de sudor repegado, sexo sucio y olor penetrante se incrusta en ese único escenario, extendiéndose como una mancha culpable en el perfecto retrato de familia, saliendo desagradablemente a la luz cuando Arlette se vuelve irónicamente obscena o Wilfred brutalmente taciturno: una tormenta se cuece sin que apenas podamos verla, pero se siente entre tres personas que se han marcado una hoja de ruta muy diferente, sin que ninguno se atreva a cumplirla en solitario.
El estallido de violencia posterior está contaminado por el mismo hedor, es chapucero y descuidado, fruto de un plan que tampoco se ha pensado demasiado: para mantener la propiedad vale todo, incluso fingir que se quiere algo y mantener el tipo cuando el gesto denota lo contrario.
Y esa otra persona, ese confabulador que Wilfred llevaba dentro sale a la luz, como un extraño al que nunca se ha saludado, acompañado de ratas que mordisquean un cadáver, allá abajo en el pozo profundo, donde ni la propia conciencia se atreverá a mirarlo.

El pecado mundano no deja de ser pecado.
Mata, infecta, oculta y paraliza.
Pero cabe la duda de cuánto de ese pecado es auto-generado, cuánto surge de la narración de Wilfred a través de las estaciones del año, y cuánto viene dado por dedos muertos que se arrastran desde tumba nevada, en una de esas solitarias noches de invierno que saben a frío arrepentimiento.
Las ratas siguen estando ahí, no han abandonado a pesar del clima, pero eso es porque gustan el sabor de la dulce mentira, y sus chillidos acompañan el aire de otras tantas ratas humanas, que huyen en cuanto el barco empieza a hundirse.

Nadie puede acusar a Wilfred de no querer cambiar, si eso le iba a costar su orgullo y valía.
Pero si se puede enunciar la triste pregunta de qué hubiera pasado si la casa hubiera estado vendida.
Quizá la maldición que le hace rastrear su familia por crímenes y acusaciones habría pasado de largo, quizá las ratas dejarían descansar las carnes blandas de cadáveres que ya sufrieron más en vida.

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