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Bird Box: A ciegas
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Calificacion 5.7
Género:

Drama/ Fantástico/ Terror/ Thriller

País: Estados Unidos
Duración: 124 min.
Año: 2018
Director: Susanne Bier
Reparto:
Sandra Bullock, Trevante Rhodes, John Malkovich, Sarah Paulson, Jacki Weaver, Danielle Macdonald, Julian Edwards, Vivien Lyra Blair, Rosa Salazar, BD Wong, Tom Hollander, Machine Gun Kelly, David Dastmalchian, LilRel Howery, Happy Anderson, Amy Gumenick, Parminder Nagra, Taylor Handley, Keith Jardine, Chanon Finley, Damon O'Daniel, Matt Leonard

Bird Box A ciegas

Bird Box
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Un lustro después de que una misteriosa presencia sobrenatural llevara al suicidio a una gran parte de la sociedad, una de las supervivientes, Malorie Hayes (Sandra Bullock), y sus dos hijos, buscan desesperadamente el modo de salvarse río abajo, en una pequeña barca, hacia un lugar seguro. Bird Box A ciegas

Critica:

Alguna vez me he preguntado, viendo una de estas películas sobre apocalipsis repentinos, si merecería la pena existir en el mundo de después.
Una vez el polvo se haya asentado, una vez hayan pasado las penurias y los enfrentamientos, ¿podríamos volver a lo de antes?
O mejor aún, mientras luchamos por la supervivencia, ¿por qué estamos luchando realmente?

‘A Ciegas’, muy cuidadosamente, trata de dar respuesta a estas preguntas.
Nada más empezar, Malorie ya nos da el aviso: da igual lo que pase, da igual lo que escuchemos, si se nos ocurre mirar vamos a morir.
Es un puñetazo, un punto y aparte incluido al espectador, que cuenta severamente para los niños a su cargo, porque los quiere y no soportaría que les ocurriera nada.

El posterior recorrido por el río hacia un posible refugio desgrana en recuerdos cómo ha llegado allí, tan cerca de rozar la salvación en medio de pura catástrofe desesperada.
Es un punto de vista privilegiado en esos momentos, pues nos aleja de la tensa madre surcando las aguas a la carrera y permite volver a otro tiempo, cuándo únicamente era una artista embarazada curándose gracias a su afectuosa compañera Jessica.
Pero, de repente, las noticias empezaron a hablar de seres llevando a cabo una invasión planetaria, y el peligro empezó a doblar cada esquina, en ojos vacíos que eran todo lo contrario a la vida que llevaba en su vientre.
La certeza de que nadie volverá a estar a salvo, por muy sólidas que sean las intenciones de salvamento, pasa a dividir su vida ordinaria de su nueva vida huyendo.

El peligro de esta invasión extraterrestre es que no necesita nada más que la mirada: un vistazo que eches a los seres que habitan las calles basta para que te metas en un coche ardiendo o tengas unas ganas terribles de arrancarte la yugular.
De repente, un sentido del que dependemos para todo pasa a estar prohibido y las consecuencias son devastadoras, porque hemos aprendido a creer solo aquello en lo que vemos, de igual manera que jamás nos hemos preocupado por desarrollar el olfato o el oído.
Gigantescas sombras tras las ventanas cegadas pasan a merodear alrededor de la casa de supervivientes en la que Malorie tiene la suerte de instalarse, y daría la sensación de que ellos tienen consciencia de que ganarán, pues nos puede la curiosidad ante la poca anticipación de enfrentarnos a algo que no sabemos cómo es: han estudiado nuestros patrones desordenados, nuestras acciones irracionales salvando a alguien cuando está todo perdido.

A la habitual batería de conflictos entre supervivientes en una situación límite se añade la misteriosa naturaleza de las criaturas, que se nos revela paulatinamente, sin nunca verlas aparte, con el objetivo de volvernos tan paranoicos como ellos: podrían ser el castigo divino que claman algunos “iluminados”, podrían ser criaturas mitológicas parientes de la Medusa que transformaba en piedra, o enviados especiales que nos muestren la Verdad más allá de nuestras cáscaras mortales.
Sin embargo, te acabas dando cuenta, como Malorie, que teorizar sobre ellas no sirve de mucho. Matan, y ya está. Dividen, acosan y finalmente vencen.
Ella intenta agarrarse emocionalmente a alguien, a alguna emoción de piedad o aprecio, pero acto seguido aparecen ellos demostrando que nada importa, endureciéndola. Es entonces cuando ya no estamos tan lejos de esa capitana de barco desesperada.

Malorie ha rechazado la noción de volver al hogar. Es imposible, se dice, que soñemos con edificios altos y niños recorriendo el campo, porque no volverá a pasar.
La bajada por el río entonces ya no es mero movimiento por si acaso, sino fe en algo. Necesidad que, recordando lo amado, muta en creencia apresurada y sucia.
Eso que a menudo es lo único que impide rendirse.

Si podemos reconstruir tras una gran caída, eso nunca lo sabemos.
Pero empezar por reconstruirse uno mismo siempre es el mejor camino.