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No es más que el fin del mundo
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Calificacion 6.2
Género:

Action

País: Canadá
Duración: 97 min.
Año: 2016
Director: Xavier Dolan
Reparto:
Gaspard Ulliel, Nathalie Baye, Vincent Cassel, Léa Seydoux, Marion Cotillard, Antoine Desrochers, Sasha Samar

No es más que el fin del mundo

Juste la fin du monde
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Tras doce años de ausencia, un joven escritor regresa a su pueblo natal para anunciar a su familia que pronto morirá. Vive entonces un reencuentro con su entorno familiar, una reunión en la que las muestras de cariño son sempiternas discusiones y la manifestación de rencores y reproches. Adaptación de una obra teatral de Jean-Luc Lagarce. No es más que el fin del mundo

Critica:

La superficie de las cosas, de la gente y del comportamiento humano casi nunca nos desvela lo que está pasando o lo que hay en realidad, sino que implica una especie de disfraz que vela la cabal comprensión de los acontecimientos y de sus motivaciones. Además Xavier Dolan nos tiene acostumbrados a revestir de histrionismo sus relatos, por lo que conviene atender no sólo a lo que se ve de forma inmediata, sino que conviene bucear más allá de lo obvio y de las apariencias para completar y comprender de forma cabal el relato que nos propone. Aquí no es una excepción aunque quizás la haya llevado hasta límites desconcertantes, sembrando de gritos, aspavientos y muecas lo que pudiera parecer una trama mínima: el regreso al hogar del hijo pródigo.

La historia se centra en la voluntad de dar una noticia que las circunstancias y desavenencias cotidianas parecen querer boicotear. El egoísmo de cada cual, más pendiente de sí mismo y de sus querellas que en escuchar al otro configuran el meollo de la trama. Se habla mucho pero se dice poco, más atentos a interrumpir las pláticas con algún exabrupto que no a prestar atención y comprender lo que se dice. Por lo tanto, lo relevante es el subtexto que se va tejiendo en torno a un núcleo familiar atormentado y lleno de querellas y aristas, plagado de sombras y rencillas, de reproches y resentimientos. Todo el mundo quiere aprovechar la oportunidad de una comida familiar para desfogarse y dejar claro que ni perdona ni olvida, destapando carencias y rencores, enfrentando animadversiones y anhelos. Y quien calla es quien más necesitaba sincerarse y confesarse a tumba abierta.

No es una cinta grata ni fácil, hay un exceso de palabrería huera y de gestos y actitudes beligerantes que enfatizan la soledad vital en que malviven, más atentos a herir al prójimo que a entenderlo, más dispuestos a dejar clara su intransigencia que a abrazar – o al menos transitar – la compasión o la empatía. Y como colofón se encumbra el uso de la mentira piadosa o la hipocresía desvergonzada antes que mostrarse débil o necesitado. La avalancha de recriminaciones lo anega todo, imposibilitando la comunicación y la reconciliación. Por ello, más importante que lo que vemos es todo lo que queda implícito y sin decir: la necesidad de huir, de alejarse de ese microcosmos tóxico y cerril que estrangula y asfixia, el disimulo antes que la verdad. No es más que el fin del mundo